Roppongi, Tokio

Roppongi Hills ha cambiado mucho desde que fue bombardeada en la Segunda Guerra Mundial. Hoy, los rascacielos más futuristas, las calles más exclusivas y la gente más nice vive y trabaja en estas cosmopolitas colinas, las más cotizadas de toda la ciudad. Pero al caer la noche las puertas del metro succionan por un lado a la clase ejecutiva y vomitan por el otro a una transformada sociedad, en su inmensa mayoría joven, solvente y en busca de placeres sin límite de tiempo.

Pero Roppongi no es como Shibuya o Shinjuku, donde abundan los desinhibidos hoteles del amor. Aquí la diversión es menos privada y más multitudinaria. La hora ideal para llegar es pasada la media noche, cuando ya no hay metro; sin embargo, todos los taxistas entienden el destino, siempre que se solicite correctamente –Goppongi-, dada la imposibilidad japonesa de pronunciar la R.

En el recorrido callejero en busca de antros potenciales, el transeúnte visiblemente extranjero es abordado una y otra vez por señoritas de aspecto clínico que ofrecen –masage– pronunciado de forma muy parecida al masago, que significa otra cosa. A la menor señal de incertidumbre, el forastero es literalmente arrastrado al interior de un pasillo medianamente iluminado, donde otras señoritas, como hormigas trabajadoras, lo envolverán rápidamente en un capullo de toallas que evita eficientemente cualquier resistencia, y no cejarán en sus servicios hasta haberle exprimido 10,000 yenes, una suma considerable para un manoseo inconcluso. Sin embargo, una vez superada esta prueba, es más fácil esquivar a los taimados nigerianos, que al igual que las señoritas, intentan arrear clientela incauta a sus antros. Este no es el tipo de establecimientos que vale la pena conocer.

Gas Panic y otros antros del lugar
Para quienes no gustan de la música trance a todo volumen, las luces multicolores y las densas aglomeraciones, no tienen nada que hacer en este lugar. Pero aunque sea por mera curiosidad antropológica, Gas Panic es toda una experiencia. Las mujeres más bellas y los hombres más bien parecidos se dejan atrapar, noche tras noche, en este antro sin igual. Y no vayan por las apariencias, porque casi toda la gente aquí son como los camaleones: profesionales o estudiantes muy serios y
exitosos durante el día que aprovechan la noche para desfogar los rigores de la despiadada competitividad social en Japón.

Platicar es imposible, todo gira más bien en la comunicación no verbal, lo cual minimiza las diferencias culturales y del idioma. Para quienes ya desean un contacto más personal, pueden mudarse al siguiente antro: el Copacabana. Aquí la música es igual de ruidosa, pero al menos es latina y con muchas innovaciones como la anarcumbia, que combina ese ritmo con un vestuario para las damas parecido al de Coco Channel. Después de las 3:00 am, las masas comienzan a migrar y uno con ellas, a otro antro que apenas comienza a ponerse bien: el Baccara, donde ya el alcohol hizo su mágico efecto sobre las inhibiciones que aún quedaban. Y vale recordar que en este país las borracheras están muy lejos de tener el estigma que aquí. Esas mujeres que bailan sobre la barra bien pueden ser altas ejecutivas o empresarias que mañana enfrentarán un día nebuloso sin que nadie les critique nada. Tan pronto como las luces del amanecer comienzan a iluminar el cielo urbano, las cortinas se cierran para alargar el efecto nocturno de quienes se resisten a terminar tan pronto.

Al no practicar el horario de verano, Tokio amanece desde las 4:30 am, por lo que antes de las 7 ya parece media mañana y no son pocos los trasnochados que se mezclan con las hordas laborales que comienzan a llegar a las sofisticadas oficinas de Roppongi. La última de las-escalas es un comedero que se llama Breakfast Club.

El ruido en el interior de la cabeza todavía zumba en las mareadas cabezas de los comensales, con el maquillaje descompuesto, el peinado deshecho y la ropa impregnada de nicotina. Esto quizá ayuda a explicar porque la edad joven influye muchísimo en la resistencia para afrontar trabajo y diversión en un mismo día, que de ninguna manera tiene por qué ser fin de semana. La ecléctica combinación de precios exorbitantes, un barrio elegante y gente muy próspera, hace de las noches y madrugadas de -Roppongi- una experiencia fantástica, muy segura e inolvidable.

La mayoría de los antros japoneses no admite extranjeros. Para evitar portazos desalentadores pueden guiarse por los nombres y los letreros: en todos los que son bilingües somos más que bienvenidos.

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