Mongolia.

Es el último país nómada de Asia y quizá también el último donde se pueden recorrer más de mil kilómetros sin encontrar un televisor. Tampoco es fácil, fuera de la capital, Ulan Bator, ver un poste de teléfono, un edificio de ladrillos o el cable de la luz. Sólo un paisaje de suaves colinas onduladas, el desierto, un cielo intenso, blancas tiendas de campaña o yurtas dispersas por los valles, y caballos, muchos caballos.

Son el vehículo de los pueblos nómadas, que suman casi la mitad de la población de Mongolia. El caballo mongol, el último del planeta en estado salvaje, es un símbolo en esta tierra, conocida como la de los hombres con patas de caballo.

Hasta 250 palabras existen allí para llamar a este ancestral animal de morro pronunciado y frente amplia, que aparecía en las pinturas rupestres europeas. A los lomos de los caballos, los clanes familiares trasladan su ganado en busca de pastos frescos. En uno de estos clanes nació Gengis Khan, «el príncipe de todos los hombres», al menos todos los de Mongolia, porque su recuerdo es venerado por todo el territorio.

Chinggis Jan, como lo llaman allí, unió, hace ocho siglos, a todos los pueblos mongoles y los lanzó a la conquista de un imperio que no ha conocido rival: desde las costas de China hasta las puertas de Europa. Su memoria, como su tumba y sus tesoros, se perdió durante siglos. Aún no hay rastro del tesoro, pero sí del famoso guerrero, que tras el dominio soviético ha vuelto a erigirse en héroe nacional. Hay cerveza chinggis, vodka chinggis y toda clase de objetos chinggis. Y raro será el recién nacido que no reciba el nombre de Chinggis.

Revivir las lejanas hazañas de su héroe ahora no es difícil en un país que parece suspendido en el tiempo. Sólo la flota de vehículos todoterreno que ofrecen exclusivos viajes para recorrer Mongolia a lo nómada recuerda que estamos en el siglo XXI. Aquí se alterna caballo con vehículo motorizado, porque el sufrido cabalgar a lomos de este animal es sólo apto para nativos. Hay campamentos de yurtas estables junto a las ruinas de Karakorum, en el valle del Terelj, en el Gobi, y cerca de las cascadas del río Orjón. También las yurtas habitadas por los nómadas están abiertas a los forasteros. Los lugareños no hacen preguntas a los visitantes. Les ofrecen airak, leche fermentada de yegua, mantequilla salada y yogur seco. Son bienvenidos, aunque les extraña que no sepan montar a caballo, el animal que guarda los secretos de esta tierra y de sus gentes.

A mediados de julio los mongoles celebran su festival de verano, el Naadam, que reúne a todos los pueblos mongoles para competir: lucha, carreras de caballos, tiro con arco. Son días para llevar el traje típico, el deel, beber airak, o su destilado más potente, el arkhi, y escuchar las voces del khoomi, el canto mongol, que evoca el sonido de los ríos, las montañas y el galope del caballo.

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