Noches polares en el Círculo Polar.

Tras meses de oscuridad, a medida que se acerca el solsticio de verano, el territorio helado del Círculo Polar disfruta de tres meses de luz continua, con el sol brillando aunque sea noche cerrada. Los habitantes de estas latitudes lo celebran con todo tipo de festivales.

Pocos fenómenos naturales se atreven con tanta osadía a romper con lo establecido. Mirando el reloj debería ser noche cerrada y, sin embargo, el sol sigue apostado en el cielo, como si se hubiera rebelado a la lógica de los hombres.

En las latitudes próximas al Círculo Polar, la ausencia casi total de luz durante cerca de seis meses va casi a hurtadillas dándole paso a unos días cada vez más largos que, alrededor del solsticio de verano, acaban siendo perpetuos.

Cuanto más al norte se viaje, mayor será la recompensa y con más contundencia podrá apreciarse este día sin fin en el que el sol deambula sobre el horizonte. Incluso por debajo del Círculo Polar, estos días eternos se irán convirtiendo en unas matizadas luces nórdicas como de atardecer (las Noches Blancas, como las llaman en San Petersburgo), en las que no llega a oscurecer del todo y los días quedan separados por apenas unas horas de crepúsculo.
La ausencia de poblaciones próximas al Polo Sur hace que resulte infinitamente más accesible de admirar el sol de medianoche en países como Finlandia, Suecia, Noruega, Islandia, Groenlandia, Alaska, Rusia o Canadá, aunque en el hemisferio Sur, en las fechas opuestas, también se da este fenómeno motivado por la inclinación del eje de rotación de la Tierra, que en su viaje anual alrededor del sol deja expuestas hacia éste las áreas próximas a cada extremo del planeta, haciendo que justo en los polos haya seis meses de claridad y otros tantos de noche cerrada. Cuanto más cerca se esté del polo, más días se obrará el milagro.

En localidades al norte de Finlandia, como Utsjoki o Ivalo, o en las tres provincias más septentrionales de Noruega, el sol puede verse en el cielo las veinticuatro horas desde mediados de mayo hasta casi finales de julio, lo cual permite entregarse a deshoras a actividades tan insólitas como pescar, caminar por el bosque, jugar al golf y hasta esquiar. Más al norte aún, en las noruegas islas Svalbard (la región habitada más septentrional del continente), no hay siquiera puesta de sol desde mediados de abril hasta casi finales de agosto.
Si durante las noches polares de estas latitudes la falta de luz llega a provocar en algunos de sus sufridos habitantes el llamado trastorno afectivo estacional, estos días en los que nunca se hace de noche son celebrados por todo lo alto con infinidad de festivales en los que todos hacen acopio de energías renovadas antes de que la luz del sol vuelva, un invierno más, a brillar por su ausencia.

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