Una tarde de verano en Madrid.

Una gran urbe como Madrid ofrece un sinfín de recovecos en los que perderse. La Plaza Mayor, con sus soportales y terrazas, en pleno centro, se convierte en un lugar predilecto para sentarse a descansar o reponer fuerzas.

Son muy variopintas las calles que dan acceso a la plaza. En muchas de ellas, encontramos antiguas tiendas de gorras de “chulapo” (personaje típico madrileño) músicos callejeros y, últimamente, estatuas humanas.

En estas callejuelas parece no haber más movimiento que el de los transeúntes. En un lateral, un “Charles Chaplin” está a punto de comerse los cordones de su zapato.

En la esquina contraria un barrendero, con la escoba impávida, bañado en un bronce verdoso, asume la postura de la escultura situada en la Plaza de Benavente, a escasos metros de La Puerta del Sol.

Si el turista es amante del fútbol o fiel seguidor de alguna de las nuevas estrellas del Real Madrid, puede hacerse una foto con un Cristiano Ronaldo virtual, visitar los vestuarios, o ver la sala de trofeos en el museo del club, situado en el interior del Estadio Santiago Bernabeu, en pleno Paseo de la Castellana.

Buscando una pequeña Andalucía en Madrid, el entusiasta del cante y el baile encontrará en “Casa Patas”Cañizares entre Tirso de Molina y Antón Martín el lugar de encuentro de la cultura flamenca, pudiendo disfrutar de sus máximos exponentes, en la calle .

Con un alto sol y un cielo azul como pocos, el viajero deberá descender bajo el nivel del pavimento para probar la que se presume la mejor sangría de España, en las “Cuevas de Sésamo”, situadas en la calle Príncipe, muy cerca del kilómetro cero.

Un espacio bajo tierra con una sinuosa entrada, en el que se da la bienvenida al visitante, con versos del poeta Antonio Machado.

Estas “cuevas” , se cree que descubiertas por casualidad,  datan de los años cincuenta. Frecuentadas por escritores y periodistas desde su fundación, custodian tradiciones como los manteles rojos, las citas cuidadosamente escritas por las paredes, lo camareros uniformados, en definitiva, todos los detalles que lo convierten en un lugar peculiar.

Nació como punto de reunión y así continúa, amigos de diferentes nacionalidades y edades disfrutan de este misterioso lugar acompañando la sangría , con música de piano en directo.

En uno de los muros cóncavos cuelga en un tímido marco unas palabras de Ernest Hemingway que decidió plasmar su firma, a petición del dueño, cuando hace años fue ilustre cliente de las mencionadas “Cuevas de Sésamo”.

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