El castillo de Neuschwanstein.

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El castillo de Neuschwanstein, en los Alpes bávaros, es uno de los más espectaculares y visitados del mundo, aunque más que un castillo sea el capricho de un rey absolutamente fascinado por las leyendas medievales.

Luis II fue un hombre fuera de su tiempo, apasionado de los mitos caballerescos y con un concepto divino de la monarquía que era anacrónico a finales del siglo XIX. Amante de las evasiones, del arte y los disfraces, en cuanto escuchó la música épica de Wagner le convirtió en su protegido, y de paso le sacó de pobre. Wagner le correspondió con “Tristán e Isolda”, “El anillo de los Nibelungos”, “La Valquiria” y, sobre todo, “Parsifal”, un personaje con el que Luis II se identificó durante toda su vida.

Tras su primer encuentro, Wagner dijo del rey que “por desgracia, es tan bello y genial, inspirado y magnífico, que temo que su vida se desvanezca como un fugaz sueño divino en este mundo malvado”.

Algo así ocurrió en 1886, cuando Luis II apareció ahogado junto a su psiquiatra en el lago de Starnberg, entre Múnich y Neuschwanstein. Esta muerte sospechosa le impidió ver terminado el castillo, al que se había retirado prácticamente desde que se comenzó a construir en el año 1869. Su refugio de fantasía , el mismo que inspiró a Walt Disney el castillo de “La bella durmiente”, le ha dado la gloria que no tuvo en vida. Más de 50 millones de turistas han pasado ya por esta fortaleza creada para protegerse no de ejércitos enemigos sino de la realidad.

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