Bután

asia

Pocas esquinas quedan en este planeta en las que, como ocurre en Bután, todavía se puede aparcar en seco la vida a la carrera que impone el mundo occidental. Conocido por sus habitantes como la tierra del dragón del trueno y por muchos de sus admiradores como el último Shangri-Lá, este reino del Himalaya del tamaño de Aragón, encajonado entre los gigantes chino e indio, ha permanecido cerrado a cal y canto al resto del mundo hasta hace tres décadas. De alguna manera todavía lo está; más por deseo de sus gobernantes que por el blindaje natural que le proporciona una orografía salpicada de sietemiles.

Sólo la línea aérea nacional conecta el aeropuerto de Paro, el único del país, con un puñado de ciudades asiáticas; el viajero que desee dejarse hipnotizar por sus paisajes y su espiritual forma de vida apegada a la tradición y a la filosofía budista tendrá obligatoriamente que desembolsar de antemano una tasa de entre 165 y 240 dólares al día con, eso sí, el alojamiento básico, las comidas y el transporte incluidos, amén de un guía que les ayude a descifrar las claves de este país en plena transición del medievo a la sociedad de internet y la conquista espacial. El requisito es uno de los muchos que impone el gobierno para ahuyentar el turismo masivo y preservar la identidad de sus habitantes, que por ley están obligados a vestir el traje nacional.

Bután, que hasta la década de los sesenta no contó con electricidad, carreteras o coches, ha sido también el último país del planeta en permitir la televisión, y sólo hace cuatro años el rey Jigme Singye Wangchuck abdicaba en su hijo mayor para sentar las bases de una transición hacia la modernidad, convirtiéndose en la democracia más joven del mundo al celebrar, a finales del año pasado, sus primeras elecciones.

Bután es un país humilde y agrícola, feudal en muchos aspectos, aunque a cambio anda sobrado de templos centenarios posados en lo alto de fenomenales riscos, de aldeas intactas entre los bosques que cubren tres cuartas partes de su geografía, de valles y arrozales y de una naturaleza emocionante sobre la que ondean las banderas de plegaria. Por no mencionar el curioso Índice de Felicidad Interior Bruta que, para complementar el clásico medidor de la renta per cápita, acuñó el anterior rey.

Semejante paréntesis en el mundanal ruido da pie a emprender insólitos trekkings para avistar pájaros, orquídeas o plantas medicinales o para atreverse con caminatas más duras y a mayor altitud en las que escasean los turistas y las infraestructuras, pero también para retirarse a meditar, sin renunciar a la menor comodidad, instalado en alguno de los hoteles de lujo del puñado que atesora el país, donde entregarse a unos días o semanas de yoga y a terapias holísticas con las que reequilibrar cuerpo y mente, en un entorno empapado de espiritualidad.


Cómo llegar
Sólo la compañía nacional, Drukair, conecta la ciudad de Paro con un puñado de puntos en Asia como Delhi (vuelos desde España con Swiss, además de Katmandú, Bangkok y Calcuta. Especialistas en viajes organizados, como Nuba, proponen rutas de una semana, con recorrido y visitas por los puntos esenciales del país y alojamiento en sus mejores hoteles, además de clases con profesores de yoga particulares y hasta la oportunidad de visitar un lamasterio para quienes busquen contagiarse de la espiritualidad del país. Los precios parten de 4.000 € sin incluir los vuelos internacionales.

Dónde dormir
El Uma Paro abrió hace cinco años en el antaño hogar de un noble butanés como uno de los pocos hoteles de lujo de todo el país. Su treintena de habitaciones, villas y suites, de gusto exquisito, integran con naturalidad pasmosa la estética local con las pantallas planas y las esteras de yoga. Porque, además de un establecimiento desde el que descubrir los templos y valles de Bután, este boutique-hotel está concebido como un retiro en el que reequilibrar mente, cuerpo y alma. Para ello, además de la espiritualidad y el silencio del entorno, cuenta con el ‘Como Shambhala Retreat’, que más que un spa al uso propone combinar terapias holísticas de inspiración asiática, como la medicina ayurvédica, con un diagnóstico personalizado para mejorar los hábitos de vida de cada huésped, una cocina orgánica con la que maximizar la energía y el bienestar o un pabellón de yoga al aire libre en el que instructores de renombre internacional acuden en ocasiones a impartir semanas completas de terapia.

Gastronomía
La gastronomía de Bután es difícil para el paladar europeo. Se utilizan mucho los chiles picantes, así como la carne de yak y cerdo, acompañando casi cualquier plato con arroz. El plato nacional es el ema datse, con brotes de chile en salsa de queso. Otras especialidades son el phagshaphu, de tiras de grasa desecada de cerdo en un guiso de nabos o rábanos y chiles; el gondomaru, huevos revueltos cocinados en mantequilla; el bjashamaru, un guiso de pollo en salsa de mantequilla y ajo; o el sicum paa de cerdo desecado con chiles. Las mejores experiencias gastronómicas pueden encontrarse en sus hoteles de lujo, como el Uma Paro o el Amankora, ambos en Paro, o el Taj Tashi de Thimphu.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>