El ir al baño cuando se esta de viaje.

Ir al baño. No es algo que se suele plantear como un problema de todos los días, salvo cuando uno está de viaje. En tal caso, además de encontrar un lugar para dormir y otro para alimentarse, el toilette trepa al podio en la lista de prioridades.

Los contratiempos comienzan en el avión. Ya de por sí es extraño encerrarse en ese minúsculo sanitario a 10 mil metros de altura. Todas las aerolíneas aclaran que no hay que arrojar papel al inodoro (no se extrañen si dentro de un tiempo cobra status de delito federal), pero por algún motivo nunca se entiende demasiado bien dónde está la puertita que abre el tacho de basura.

También, al tirar la cadena, sucede algo extraño. El acto de tirar la cadena -eso que hacemos miles de veces en casa- es, en el cielo, un ruido seco a vacío e inmensidad. Cuando apretamos el botón y se abre esa delgada tapita de metal queda en evidencia el abismo allá afuera. En cierta forma, eso es lo que pasa en los aviones: se asumen como normales cosas que, al pensarlas un poco, son absolutamente delirantes por el simple hecho de estar a 10 milmetros del suelo.

De vuelta al tema, los baños, los problemas continúan cuando tocamos tierra. La situación es la siguiente: llegamos a una ciudad hermosa y, entregados a los placeres del tránsito, caminamos durante horas y horas hasta que una alarma interna se enciende para interrumpir el disfrute. Y, como dicen los estadounidenses, when you have to go, you have to go ( cuando tienes que ir, tienes que ir ).

Encontrar un baño no es tarea fácil cuando se está viajando, y menos aún sincronizar las ganas con la aparición de los deseados toilettes (unas y otros no van de la mano, está claro).

En Estados Unidos, por ejemplo, las cláusulas para acceder al baño de un restaurante son muy estrictas: uno no puede entrar como si nada y dirigirse a la puertita salvadora. El acceso a los baños es un privilegio de los clientes del local que están consumiendo en las mesas, es decir que la gente que se pide un tecito en la barra sólo para usar los sanitarios no siempre tiene asegurada su entrada.

Las guías de viaje suelen dar buenos consejos al respecto. En ciertas ciudades de Estados Unidos y del Viejo Continente se recomienda usar los baños de las grandes tiendas de ropa, lo cual implica merodear pasillos y mostrarse un poco interesado en la mercadería, cuando lo que en realidad queremos es correr a los baños del último piso.

Es muy fácil distinguir a alguien que entró a una tienda sólo para ir al baño: tiene la mirada vidriosa, revisa las prendas con falso interés -hecho curioso si es un hombre y se lo ve paseando por la zona de ropa interior femenina- y busca todo el tiempo la zona de los ascensores, porque ellos conducen al glorioso lugar que anhela.

Otras opciones salvadoras son los locales de comida rápida. Hasta el vegetariano más fanático debería hablar con respeto de las grandes cadenas de hamburgueserías, que en muchos casos tienen políticas de baños gratis para la gente que ingresa al local. Hay que decirlo: McDonald´s le ha salvado la vida a más de uno, aunque en los últimos tiempos se están poniendo más duros con el tema y tampoco entregan la llave así nomás.

Los hay de todo tipo: desde uno que está tallado en un árbol, en Canadá, hasta un urinal de estilo victoriano que data de 1899, en Escocia; un inodoro incrustado en un cactos seco, en el salar de Uyuni (Bolivia) o un sanitario al borde del mar, en Skeleton Coast (Namibia), donde habitan lobos marinos que custodian la puerta y acompañan a los ocasionales visitantes.

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