Razones por hospedarse en el hotel Las Brisas, Acapulco.

Por esta imagen de postal y nueve razones más (casi todas involucradas con la comida), cualquiera (con pareja) volvería a este rinconcito empotrado en un cerro. Alguien tuvo razón: si no vas enamorado, seguro aquí te enamoras porque te enamoras.

  • El servicio. Desde los años 60, estrellas de cine, personajes de la política y de la alta alcurnia de todo el mundo elegían Las Brisas como destino de su vacación. Una de las razones fue la calidad en el servicio de sus empleados. Afortunadamente su esencia se ha conservado. Las parejas permanecen en sus habitaciones casi todo el tiempo. El mesero y la camarista tocan el timbre y piden permiso para entrar, incluido el que limpia la alberca todos los días. Están ahí sin hacerse notar. Son expertos en el arte de la amabilidad y la discreción.
  • Room service. En este hotel con forma de fuerte, con caminos empinados, no hay otra manera más práctica de llegar a las casitas que en los famosos jeeps rosas y blancos. Ya es tradición que el mesero suba con una mano sosteniendo la charola y la otra en el volante. Llega hasta la alberca, sin que uno se moleste en abrir, con la jarra de margarita o de clamato. (Se sugiere pedir este último con un poco más de condimentos).
  • Cena para dos. El mesero monta la mesa en la terraza, enciende las velas, prende las antorchas y ordena la vajilla. El menú gourmet de tres tiempos incluye una botella de vino nacional: ¿cola de langosta o steak a la pimienta? Precio por pareja: 2 mil 995 pesos.
  • La paella. En su punto, auténtica y jugosa, con un toque de picante al gusto y finos trozos de carnes y mariscos, acompañada de una cerveza helada. Casi rozando la superficie del mar, bajo la palapa del restaurante La Concha del club de playa presta atención: de repente aparecen los pescadores de ostras y una que otra tortuga marina. Espera el jeep en el lobby. Salidas continuas. El club se encuentra a siete minutos del hotel, colina abajo.
  • Pan y café. Todas las mañanas, como a eso de las nueve, envían a las casitas un desayuno continental que incluye un termo de café, pan dulce, mermelada y fruta fresca. Es el preludio a la gula de todo el día.
  • La otra cena romántica. En el restaurante Bellavista. Ambiente semiformal. Sugerimos el área de la terraza con vista a la bahía. Lo mejor es la langosta y el sublime flan de mole, del que es imposible obtener la receta del chef.
  • La cama de día y la alberca. No es un jacuzzi ni intento de piscina, en verdad es una alberca. Algunas suites cuentan con otras más extensas y semiabiertas. La cama de día es el refugio de una pareja adormilada o de quienes no gustan dejarse alcanzar por los rayos de sol.
  • La decoración. Retro y contemporánea. Toda la propiedad está remodelada. Conserva sus detalles en piedra, su arquitectura de líneas simples y el aire acapulqueño de lujo a la Mauricio Garcés. Siempre será fiel al rosa, eso que ni qué. Lo criticable: por más enamorado que se esté, me siguen pareciendo cursis y oldies los petalitos regados en la cama y la toalla en forma de corazón.
  • Los baños. Mención aparte. El área de la regadera está recubierta de piedra. El agua simula una lluvia relajante sobre espalda y hombros que suplican un masaje amoroso (y terapéutico en el spa). De techo tiene un tragaluz. Hay suites con ventanales, también con vista al mar, y acceso a la terraza. Es la última noche en Acapulco. Ahora la luna hace del mar una plata líquida. Vuelvo a tener cuatro años. Busco conchitas en la playa de Barra Vieja. Ahí está la abuela que vuelve de viaje a mecerme de nuevo en la hamaca.

Comentarios

  1. Maria dice

    Es un hotel que tiene un encanto unico, sus paisajes a travez de sus balcones son inigualables, y el servicio es de lo mejor, lo harpan sentirse un rey.

    Maria – Viajes a Acapulco

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