High Line Park, Manhattan.

Las parejas acarameladas se sientan en las bancas de madera entre flores coloridas y perfumadas a contemplar las naves industriales y antiguas fábricas. La vista también la dirigen hacía el río Hudson.

El visitante está en la parte oeste de la ciudad, justo sobre la High Line, o “línea elevada”, construida en 1930 para apartar de las calles de Manhattan el tráfico de trenes de mercancías y así evitar accidentes.

La vía, abandonada desde 1980, se encontraba a punto de ser demolida cuando en 1999 se fundó Friends of the High Line para intentar salvar el espacio y decidir hacer un parque.

Aquí puede verse a gente leyendo, dibujando, escribiendo y pintando, sentados sobre bancas de madera que parecen crecer directamente de las vías; o bien tomando el sol y paseando sobre placas de cemento estrechas y alargadas que en los extremos se abren, se levantan y separan como rieles.

Hay quienes se sientan en el anfiteatro sólo para ver pasar a los taxis amarillos y camiones repartidores a toda velocidad. Paradojas de Manhattan: ir al parque flotante para ver el estrés de la ciudad.

El momento

La tarde es ideal para ver cambiar los colores del cielo y del río Hudson mientras uno descansa en una de las tumbonas de madera que parecen un montón de listones amontonados unos sobre otros, algunos de los cuales tienen ruedas para desplazarse lateralmente sobre los rieles. Poco a poco hay que dejar que anochezca y, ahora sí, más que en ningún otro momento, sentir el parque flotar sobre la ciudad que estalla en luces.

El arte

Este puente cruza por el barrio Chelsea, lleno de galerías y talleres de arte, el parque no rompe con el contexto acogiendo instalaciones artísticas como la de Spencer Finch, titulada “The River Flows both Ways”. Aprovechando docenas de pequeñas ventanas de la estructura original, Finch coloca paneles de cristal que representan las diferentes condiciones del agua del río Hudson, estudiadas a través de la toma de más de 700 fotografías. Como el agua del río, la obra cambia según las condiciones del día, por la incidencia de la luz sobre los cristales.

El hotel

The Standard es el único edificio encima, alrededor y debajo de High Line. Es el hotel boutique más caro de Nueva York, sus tarifas se establecen desde los 400 dólares por noche.

El mercado

Bajando por la rampa que llega a la avenida 9, podemos encontrar Chelsea Market, en una antigua fábrica de Nabisco. En concreto, aquí fue donde se inventaron sus famosas Oreos.

En la entrada aparece un largo pasillo con suelo de piedra oscuro, piso irregular, con sus paredes revestidas de ladrillo, otorgándole un estilo entre rústico y moderno.

A su vez, en los techos se han conservado sus pesados ventiladores industriales, alternados con grandes lámparas blancas de papel de arroz que se mecen al paso de la gente y el movimiento de las aspas. También se han mantenido las tuberías, las vigas a la vista, y un reloj que ha resistido todos los cambios.

Mesas, sillas y locales a ambos lados conforman el paseo por el mercado. Como para seguir manteniendo ese pasado histórico del edificio, construido en 18900, en una parte del mercado se sigue horneando pan y bollos a diario.

En este mercado se pueden consumir mariscos, carne y pasta ciento por ciento italiana a precios muy accesibles. No es difícil encontrar platillos desde los dos dólares.

Es recomendable consultar su página de internet (www.chelseamarket.com ) para estar al tanto de las catas de vino, clases de tango o de fotografía y exposiciones gratuitas.

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