Recorrido cafetero por Hacienda San Alberto

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El lugar elegido para este recorrido cafetero es la Hacienda San Alberto, en Buenavista (Quindío) a unos 33 kilómetros de Armenia, donde nos recibe el aroma de los cafetales.

Aquí, a mil 400 metros sobre el nivel del mar, se aprecia el esplendor del valle quinidiano, y también el del Valle del Cauca. El aire es limpio y el clima, de unos 20 grados centígrados, ideal. Bastan un buen par de tenis, una camiseta y un par de jeans para empezar el recorrido.

Tres fincas: (en orden de subida) San Alberto, Ponderosa y Paraíso, componen la hacienda, de 45 hectáreas. La idea de este paseo es que tanto turistas colombianos como extranjeros puedan tener un encuentro cercano con la cultura cafetera.

El ascenso comienza por un camino amplio de escalones incrustados en la tierra para después conocer desde adentro el proceso de la quíntuple selección con la que se escoge el que es considerado el mejor café de Colombia, según la certificación UTZ de agricultura sostenible.

El primer paso es la recolección de frutos. Caminando por los pequeños senderos entre los cafetales, palmeras y arbustos nos topamos con los más de 50 circuitos de siembra de café de la finca.

Llevamos un canasto en el brazo para tener las manos libres y desgranar los frutos. Los preferidos son los rojos.

Juan Pablo Villota, dueño de la marca Café San Alberto, explica que el clima ideal para que el árbol se “estrese” y el fruto madure más rápidamente es aquel en que se combinan las lluvias con el sol. Enseguida se pasa a la selección manual y el descarte de los frutos verdes. Un olor a cacota (piel del café), que es ajeno a nuestro olfato, pero que no incomoda, hace parte de un cuarto abierto y cubierto únicamente por teja de zinc.

Allí, dos mujeres cabeza de familia y dos hombres son los encargados de separar los frutos: los rojos van para la bolsa marcada ‘San Alberto’ y la mezcla entre el pintón y el verde, a la bolsa destinada a la exportación. “El mejor café se queda en Colombia y el otro se exporta”, dice Villota.

Luego de seleccionar las almendras y los mejores granos verdes, se escoge el mejor lote mediante la cata de café. Para esto vamos al laboratorio, donde nos enfrentamos a ocho pocillos, que nos ofrecen diferentes opciones: pasillo (el café de inferior calidad porque está mezclado), tostado, verde y almendra. La elección es el tostado. Se abren dos talegos de fique, cada uno de una libra, con café tostado recién procesado. La máquina lo muele para ser servido de a cucharadita por pocillo. Cada uno de nosotros, los catadores, llena el pocillo correspondiente con agua caliente. Y comenzamos a probar.

Algunos sabores son muy amargos y otros, suaves, que vamos a querer repetir. Al final del camino nos sentamos a pasar la tarde en la terraza. Aquí disfrutamos de las múltiples preparaciones que se ofrecen con este café: espresso, ristretto, lungo, americano… y tratamos de descubrir el arte de la buena preparación.

El laboratorio se abre a personas que quieran aprender sobre la selección y la cata del café. Se recomienda, entre otras cosas, no haber comido ají, salsa o picantes que contaminen las papilas gustativas y no tener las manos untadas de perfume.